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DESDE LA ANTIGUA LOUSIANA
La llegada de los esclavos negros se sitúa hacia el año 1.712. La compañía del Mississipi tenía el monopolio de este tráfico; sólo durante el primer año de sus actividades desembarcó alrededor de 7.000 negros en la “Ciudad Creciente”. Hacia 1.725 la proporción de la población era más o menos de 5.000 negros por 4.000 blancos. Fue en esa época, que el gobernador de Bienville redactó su código, el cual, en su primer artículo trata de los judíos y los negros. A mediados de siglo llegó el marqués de Vaudrevil, quien intentó resucitar allí los esplendores de la corte de Versalles, Nueva Orleáns alcanzó entonces su gran período de crecimiento. Fue el período romántico, cuando Louisiana era colonizada por toda clase de aventureros que buscaban fortuna en la rivera del Mississipi. El problema del matrimonio se había convertido en una cuestión angustiosa, a causa de la escasez de mujeres. La administración francesa trató de solucionarla enviando a la colonia toda clase de mujeres de mala vida, “des filies de pettite vertu”, como Manón Lescaut, que eran solicitadas en matrimonio desde antes de desembarcar, sin tener en cuenta si procedían de la prisión de San Lázaro o del asilo. Para la siguiente generación, la existencia de numerosos niños mestizos era la prueba palpable de que las inhumanas leyes raciales habían sido transgredidas con frecuencia por los mismos colonos que las crearon. Hacia fin de siglo se produce el período de la colonización española, que no pudo llevar a cabo muchas empresas pues en octubre de 1800, Francia volvió a ser dueña de Louisiana.
La importancia del comercio local y el desarrollo de las comunidades multiplicaron las tabernas, los cafés, los antros, las salas de juegos y los sórdidos cabarets, donde todo fomentaba un bajo fondo pintoresco, que hizo a la reputación de esa ciudad, considerada como una de las grandes capitales del placer. Durante esos años, la música francesa, que por un momento se vinculó a la música española, conservó todos sus privilegios. Hasta se construyó un teatro de ópera francesa, que fue el centro de una intensa irradiación artística en la vida social y nocturna de Nueva Orleáns. Los esclavos negros frecuentaban los teatros, el único arte musical que les era accesible era el de la música popular francesa que se arrastraba por las calles y los arrabales. Las canciones folklóricas, las polcas, las mazurcas, las cuadrillas, las marchas, el redoble de las fanfarrias y los melancólicos trozos fúnebres que tocaban las sociedades locales durante el entierro de sus miembros, eran parte de su vida.
Por mucho tiempo los negros, esclavos o libres, vivieron una existencia replegada sobre sí misma, entre sus dos únicos polos musicales: el ritmo africano y el aporte folklórico. Y será que por esa misteriosa proximidad de los extremos, el contacto de esos dos elementos, el jazz nacerá después de muchas generaciones de roces, de desgastes, de complementación y de ósmosis.
Muy pronto la guerra civil va a emancipar a los negros, quienes por fin, al serles posible su libre expresión, pueden exteriorizar la rica sensibilidad que ocultan celosamente. Hacia 1850, grupos enmascarados organizaban anualmente fantásticos desfiles, con programas de música popular, los que alcanzaban su mayor esplendor con las fiestas de martes de carnaval. Todavía después de 1880 continúa la tradición de las frenéticas danzas del Congo Square. Siempre que podían, los negros se reunían para bailar, al son del Tam-Tam, como sus mayores, pero ya las orquestas habían sufrido una transformación. Según cuenta la leyenda, los domingos después del mediodía, los negros de la ciudad se daban cita en un terreno baldío de la calle Dumaine, donde las parejas, poseídas por el hechizo de la música se balanceaban amasando el suelo con sus pesados pies. Los negros no tardaron en adoptar, los hábitos musicales de los blancos, hubo picnics, excursiones, paseos campestres, bailes a la orilla del lago y entierros en los arrabales, en los que la música llego a ser absolutamente indispensable. Fue entonces cuando nació, lenta pero seguramente, una híbrida y balbuceante forma rítmica, sin ley, sin medida, sin límites, pero que medio siglo después iría a conquistar el mundo.
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