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Los mitos y los niños
Por la Lic. Stella Maris Gulian *
Una tarde volvimos a aquella casa de la
infancia donde las muñecas viajaban hacia tierras
lejanas para volver con sus brazos arreglados o su
cabeza colocada; donde los Reyes bajaban con sus
camellos por las escaleras de la terraza para dejarnos
sus juguetes y luego desaparecían tan mágicamente como
habían llegado o Papá Noel con su trineo entraba con
su gran bolsa con juguetes que eran justo aquellos que
habíamos pedido.
Volvimos para hacer la última
recorrida. Al llegar al patio apresuramos el paso
hacia esos primeros tres escalones: la herradura ya no
estaba. Era la herradura que dejaron los camellos al
subir, herradura que seguramente nuestros padres
habrían impreso para que no dudásemos de lo que
creíamos. Pero no estaba y los que habitaban la casa
dijeron que jamás había estado. ¿Era eso posible? Los
dos la habíamos visto allí ¿en el segundo o tercer
escalón? No lo recordábamos bien, pero ¡¡ni dudar que
allí estuvo!! ¿Cómo era posible que jamás se haya
pintado esa escalera y que nadie lo haya visto?
Esto fue –palabras más, palabras menos-
el relato que un día me hiciera una mujer de casi 40
años.
Como ella, ¿quién no recuerda con
nostalgia aquella época de inocencia que rodeó la
infancia? Los Reyes Magos con sus camellos, el pasto
generosamente esparcido, pero ralo a la mañana
siguiente; ese Papá Noel que vimos volar con su trineo
por el cielo y ese dulce ratón Pérez que a cambio de
un diente nos dejaba dinero.
-¿Para qué quiere el ratón Pérez los
dientes? –me preguntó una
niñita- ¿Se los llevará al
dentista para que se los ponga a los abuelos que no
tienen?
-Debe quererlos para hacerse una
casita de dientes –me dijo
otra.
Alrededor de los 5 años caen los
primeros dientes y con ellos lentamente se va la
inocencia. A veces apresuradamente de la mano de un
hermano mayor y canchero que “aviva” al chiquito,
otras por un compañerito del colegio y a veces por los
mismos padres.
¿Qué llevaría a un padre a adelantarse
en el tiempo, apurando para que el velo caiga y la
“verdad” salga a la luz?
Papá Noel, los Reyes no son más que una
prolongación de la omnipotencia de los padres; ¿o
acaso los padres no les leen los pensamientos a sus
hijos? ¿Cómo sino se dan cuenta cuando estos mienten?
¿Cómo lo saben? Se preguntan ellos una y mil veces y a
veces hasta “la Seño” entra en la misma cuenta.
Un Ratón Pérez se lleva consigo esos
dientes de leche que darán espacio a los definitivos,
los “dientes grandes”. Y con el Ratón se va yendo la
infancia y la inocencia.
Pero los Reyes y Papá Noel duran más
tiempo aún, se resisten a irse. ¿Por qué apurarlos?
Ellos saben, saben antes que los padres “se aviven que
saben”, pero lo callan, no por piedad hacia ellos sino
tal vez porque si lo dicen la magia desaparece y tal
vez sea cierto que no existen.
Los Reyes y Papá Noel existen. Ellos
existen tanto como existe la infancia y su creencia en
un mundo sin fisura, donde jamás un padre o una madre
pueden querer hacerle daño a su hijo y si lo hacen,
debe ser porque ellos se lo merecen ya que se portaron
mal.
Terrible es cuando no se puede entender
qué hicieron tan mal que llevó a semejante castigo.
-¿Cómo sabe Papá Noel si me porto bien?
–pregunta un niño de 7 años.
Esta a punto de develar la verdad. La duda comenzó,
pesquisa las incoherencias, solo falta un paso. ¿Para
qué apurarlo?
* La autora del texto es
licenciada en psicología y especialista en Infancia
del Centro Dos. 
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