El ser mamá
¿Habrá algo más deseado por las niñas, desde niñas, que sentirse llamar Mamá? ¿Habrá una responsabilidad mayor para nosotras las mujeres, que tener un hijo? ¿Habrá un dolor más grande que querer tenerlo y no poder? ¿Habrá algo más difícil para sobrellevar que la muerte de un hijo? ¿Habrá algo más doloroso que tener un hijo enfermo? ¿Habrá algo más traumático que no comprender a un hijo y por lo tanto no acceder a “una buena relación” según lo socialmente aprendido? ¿Habrá algo más sublime que amarlo, a pesar que no responda a nuestros deseos del ego?
¿Qué es lo mejor y lo peor de estos cuestionamientos?
La ignorancia. El sueño. La ilusión. La amnesia.
La ignorancia de que no somos nosotros quienes elegimos ser madres, por más empeño que pongamos en ello. El sueño de que debemos tener un hijo o varios. La ilusión de que deben ser perfectos, hermosos, sanos. La amnesia de que no son nuestros, como nosotros no fuimos de nuestros padres.
Fuimos elegidos por esas almas, pues en este planeta de tercera dimensión, necesitamos un cuerpo para hacer nuestra vida, y en el espiral de las encarnaciones, pagar lo que debemos y recibir los beneficios de lo que hicimos en positivo, y por supuesto cumplir nuestra misión. Por lo tanto desde nuestro estado purísimo en la eternidad, elegimos a qué venimos, dónde vamos a nacer y la “pareja de nuestros padres” para que en su amor se abra un espacio como copa, para que un alma baje. Momento sagrado.
Cuando accedemos al conocimiento que esos seres, que tal vez sean almas muy antiguas, nos eligen, dejamos de lado el sufrimiento para dedicarnos a observarlos y acercarles lo que necesitan para desarrollar lo mejor posible su paso por esta vida. Cuando podemos dejar de lado de nuestro ego, nos dedicamos a mirarlos y comprender que nos necesitan para aprender las cosas elementales para poder hacerse cargo de sí mismos, a los 18 años. Y aprendemos de ellos.
Las mujeres tenemos un órgano sagrado, el útero. Como toda la maravilla de nuestro cuerpo físico, cumple su función a la perfección. Sin nuestra participación. Sólo con nuestra paciente espera. Y cuando ese órgano no es usado para parir a la vida, debería serlo para parir a la luz…
Se me hace difícil hacer comprender a muchas mujeres, que tal vez en esta vida, no vinieron a ser madres biológicas, sino que vinieron a parir a la luz.
Hay tantos métodos ahora, para tener hijos… Y estamos tan obcecados los seres humanos que no nos detenemos a pensar que si no vienen naturalmente, por algo será.
Al no estar escrito el “Libro del Buen Padre”, por suerte, debemos manejarnos con algo que nos sobra: la intuición. Maravillosa herramienta que la humanidad durante siglos se encargó de adormecer. Que viene de la estricta observación de lo que el niño requiere.
El desafío más grande de una madre, es dejarlo Ser. Respetar sus ritmos, gustos, tendencias y decisiones.
Enfrentarnos a esto no siempre es felíz. Es aceptar. Aceptar que no sea como nosotras queremos.
Cuando accedemos a lograr que el niño sea “exitoso”, de acuerdo a lo requerido por la sociedad, es muy posible que antes de esto, hayamos desoído sus necesidades y manejando el miedo, la culpa y lo que se espera de ellos, hayamos logrado que entre en la famosa manada. Este trabajo generalmente lo realizamos hasta los 7 ó 10 años… Luego ya siguen solos. Alrededor de los 14 tienen otra oportunidad de emancipación y de escucharse. Dependiendo de lo fuerte que sea la madre, allí puede Ser, o seguir en la manada.
Quiero hacer un espacio especial, para aquellas mamás que tienen chicos desde nuestra ignorancia llamados “anormales” o “deficientes”. Esos niños, cuyas almas eligieron esa condición, no eligen a cualquier mamá. No cualquier mujer está capacitada para esta tarea. Son almas que se ofrecen por motivos que ignoramos, y con sus “deficiencias”, de la mano de esos padres (y aquí incluyo al papá) también especiales, han llegado a cambiar hasta la ciencia. Valga esto para reverenciar a esas familias, cuya lucha es cotidiana, incomprendida, desde la sociedad y desde la ciencia, ni que hablar de la educción.
Todas podríamos tener “el mejor hijo” si lo ayudáramos a Ser. Pero claro, muchos de ellos, no encajarían con la ilusión del mejor hijo. Un hijo sólo necesita límites puestos con amor.
En realidad ser madre, es un peregrinar por sendas ignoradas, a veces llenas de rosas y a veces desbordantes de espinas. Es saber esperar, pues el resultado se verá luego de muchos años, cuando ese hijo sea hombre o mujer… y tal vez no lo veamos. Es amar profundamente. Con un amor, que no sé si conocemos. Es dar, y dar, y dar. Es sentir la reverencia del Universo. La responsabilidad y la importancia de haber sido elegidas, o no. No importando cuáles serán los fines. Es pensar que si en esta vida no fuimos elegidas será porque en otras pasamos y aprobamos y tal vez, en esta, tengamos que ”recordar” para ayudar. Es entregar. Es hacer lo mejor y desear que se haga la voluntad del Todo. Es acompañar silenciosamente. Es vivir nuestra propia vida, porque en todo momento, estamos enseñando. Y no se enseña con la palabra, sino con lo que hacemos, con aquello que emanamos.
Es reverenciar a la pareja, a nuestros padres, a la familia y al Universo. Es fluir y danzar con la vida. Es reír y llorar y no tapar ni disimular. Es mostrar nuestra realidad, limitaciones y dones. Es hacer magia día a día. Es tener coraje de ser y de vivir.
Ser Mamá, es una conquista…
María Ester Abal Vella
Astróloga -Terapeuta floral
www.mariaesterabalvella.com.ar